Las películas no solo entretienen, también han moldeado nuestra forma de entender las relaciones y el sexo
El 21 de marzo Lugo acoge los Premios Mestre Mateo, una celebración del talento del audiovisual gallego y sobre el poder que tienen las historias, que cuentan sobre todo quienes somos como sociedad. Cada película premiada es un retrato psicológico de cómo amamos, deseamos e imaginamos nuestras relaciones.
El cine es como un gran laboratorio emocional, donde observamos versiones dramatizadas de nuestras propias vidas. Nos reconocemos en los personajes que vemos en las películas o series, sufrimos con sus rupturas y celebramos sus reconciliaciones como si fueran casi asuntos propios. A veces salimos del cine pensando: “esto ya lo he vivido yo” y otras veces sales pensando: “ojalá esto lo viviera yo”.
En la pantalla se representa al amor como una fuerza irresistible que justifica casi cualquier comportamiento: reconciliaciones bajo la lluvia, declaraciones apasionadas en aeropuertos justo antes de tener que subir a tu vuelo, y todo esto es terriblemente emocionante y nos permite soñar.
Modelo Cultural
Las narrativas del cine, funcionan como auténticos guiones culturales, son como modelos simbólicos que influyen en la forma en que interpretamos nuestras propias relaciones. Si observamos historias donde los celos se confunden con pasión o el sacrificio, con profundidad emocional, no es extraño que muchas personas acaben pensando que amar implica necesariamente sufrir un poquito bastante.
En consulta, a veces aparece esta expectativa por parte de algún paciente: “si mi relación es tranquila, respetuosa y estable, quizá no cumpla esa expectativa de intensidad que se supone debe tener una pareja, no?”. El problema es que las historias que venden el cine necesitan conflicto para que la historia avance, mientras que la vida real suele existir algo menos de drama y esto genera ilusiones sobre lo que tienen que ser las relaciones muy desajustas con lo que se considera estabilidad.
Sexualidad
El cine también ha contribuido a construir nuestra educación sexual. Durante mucho tiempo el deseo aparecía en forma de miradas prolongadas, puertas que se cerraban y fundidos en negro muy inquietantes. Y las escenas de sexo reflejaban una vida íntima muy satisfactoria. Con el tiempo las escenas se hicieron más explícitas, aunque muchas de ellas siguieron transmitiendo una idea bastante desfigurada de cómo funcionan la atracción o las relaciones sexuales.
Estas representaciones influyen en las expectativas de muchas parejas. En la pantalla los encuentros suelen ser espontáneos, sincronizados y siempre apasionados. En la vida cotidiana, en cambio, la rutina rompe cualquier pasión, además no siempre llega acompañada de una buena banda sonora.
El problema aparece cuando la ficción se convierte en referencia obligatoria y algunas personas concluyen que, si su vida íntima no se parece a la de la pantalla, algo debe de estar fallando. Y lo único que falla es la comparación.
Simulador Emocional
Cuando vemos una escena —de miedo, amor, emoción o tristeza— nuestro cerebro no la procesa únicamente como una historia que observamos desde fuera. Las imágenes que aparecen en la pantalla activan mecanismos cerebrales muy similares a los que se pondrían en marcha si estuviéramos viviendo esa experiencia en primera persona. La neurociencia explica que el cerebro responde a las historias visuales como si fueran, en parte, experiencias reales.
Uno de los protagonistas de este proceso es la amígdala, que se activa especialmente ante estímulos que implican peligro, deseo, sorpresa o tristeza. Cuando en una película aparece —un beso esperado, una discusión, una amenaza o una despedida— esta región del cerebro se activa rápidamente y genera respuestas emocionales inmediatas, por eso una escena de miedo puede hacernos tensar el cuerpo, una escena romántica despertar ternura o una escena triste provocar un nudo en la garganta.
Otro mecanismo fundamental son las neuronas espejo, que permiten que nuestro cerebro reproduzca internamente las emociones que observamos en otras personas. Cuando vemos a alguien llorar, alegrarse o enamorarse en la pantalla, nuestro cerebro simula parcialmente esa misma emoción. Gracias a este sistema podemos empatizar con personajes ficticios y sentir sus alegrías o sus pérdidas como si fueran propias.
Nuestro cerebro sabe que se trata de ficción, pero aun así reacciona emocionalmente ante lo que ve. No solo vemos una historia, durante unos instantes, nuestro cerebro; la siente.
Cuando una escena nos emociona, nos sorprende o despierta nuestra curiosidad narrativa, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor relacionado con el placer, la motivación y la atención. Esta respuesta hace que queramos seguir viendo la historia y explica por qué ciertas series consiguen absorbernos tanto y esto actúa como una recompensa cerebral.
Esta capacidad de resonancia emocional es la que explica por qué nos implicamos tanto en las historias que vemos
Cambio de los Mitos del amor
En los últimos años, algo está cambiando. Las nuevas narrativas audiovisuales empiezan a cuestionar algunos mitos tradicionales del amor romántico. Aparecen historias donde las relaciones se construyen desde la negociación, la autonomía personal y el reconocimiento de la vulnerabilidad. Historias donde amar no significa desaparecer dentro del otro, sino aprender a convivir sin perder la propia identidad.
Las películas participan en la construcción de nuestra imaginación colectiva, los conflictos se resuelven en dos horas y los protagonistas siempre saben qué decir en el momento exacto.
En las relaciones reales, en cambio, los malentendidos duran más de lo previsto y nadie tiene un guionista escondido detrás del sofá para arreglar el diálogo. Aun así, ahí seguimos intentando entendernos, sin cámaras, sin focos y sin finales escritos, el amor real tiene algo que el cine nunca podrá reproducir del todo: que es pura realidad de improvisación cada día.
Artículo escrito 21 marzo 2026 para El Progreso de Lugo


